Juliet siempre había sabido una verdad: cuando su mundo se derrumbó, Bastian fue quien apareció a su lado.
Era su tío político, el hombre del que su familia solo hablaba en voz baja y con desaprobación. Rudo, marcado por las cicatrices e inquieto. Era de esos hombres que nunca se quedaban mucho tiempo en un mismo lugar. Pero cada vez que Juliet lo necesitaba, él estaba ahí… aunque siempre se marchaba después.



















