—Nadie ha pedido jamás un deseo semejante—, dice.
Me estremezco ante el tono escalofriante de su voz.
—Creo que todos mis amos anteriores, por estúpidos y débiles que fueran, debían poseer una sabiduría innata o un sano instinto de supervivencia, porque nadie, ninguno de ellos, ha pedido jamás un deseo semejante.

