A finales de los años sesenta, ni siquiera la provinciana Eastwick, una pequeña población de Rhode Island, permanece ajena a los cambios que erosionaban los cimientos de las costumbres y la moral del país. En ese pueblo olvidado, tres divorciadas han descubierto no sólo que tienen dotes artísticas: Alexandra esculpe, Jane toca el violonchelo y Sukie escribe, aunque sea una columna de cotilleos, sino que, además, poseen poderes mágicos y son capaces de desatar tormentas, transformar objetos o provocar accidentes. Las tres parecen malbaratar sus dones en pequeñeces y mezquindades, como acostarse con los maridos infelices del pueblo, hasta la llegada del misterioso Darryl Van Horne, un soltero que las seduce –metafórica y literalmente– a todas. Sin embargo, ciertos hechos acaban enojando de tal modo a las brujas que éstas no dudarán en emplear todo su poder para vengarse.
Más de tres décadas han transcurrido desde los diabólicos sucesos que se narran en Las brujas de Eastwick, y durante todo este tiempo las tres protagonistas, Alexandra, Jane y Suzanne, no han perdido el contacto. En ese lapso, las tres abandonaron la localidad, volvieron a casarse —con maridos conseguidos gracias a sus poderes mágicos— y las tres acabaron enviudando. Superaron el dolor y la soledad como algunas mujeres privilegiadas afrontan esa situación: viajando a otros países, como Canadá, Egipto y China. Hasta que decidieron regresar a Eastwick a pasar el verano. El pueblo en el que sucumbieron al influjo del seductor Darryl Van Horne, y en el que cometieron algo más que pequeños desaguisados, sigue envuelto en un halo mágico. Aunque Darryl ya no está, y los antiguos amantes de las tres han envejecido o muerto, siguen muy presentes las consecuencias de sus maleficios. Tendrán que enfrentarse a todo ello, y también a algunos vecinos de Eastwick que se acuerdan muy bien de las tres mujeres y que no las recibirán precisamente con los brazos abiertos.
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